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Orgullo ¿Aceptas la ayuda de tu equipo? ¿Te dejas ayudar?
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Orgullo ¿Aceptas la ayuda del equipo?

Orgullo

Orgullo. Esta semana quiero lanzar una reflexión acerca del orgullo. Porque hay dos tipos de orgullo: el que te hace estar satisfecho con el trabajo realizado, con el esfuerzo que te ha llevado a obtener unos resultados, con tu equipo o grupo de trabajo que te ha acompañado y ayudado a conseguirlo, el que yo llamo sano orgullo y el que te lleva a pensar que eres el único capaz de alcanzar esa meta, que has llegado a ella tú solo y que te hace sentirte superior al resto del grupo con el que no cuentas a la hora de valorar el resultado.

Y tú, ¿aceptas la ayuda del equipo? ¿Eres capaz de trabajar en grupo?

Hoy os he traído un cuento infantil: ‘El pequeño faro rojo’, que habla de autoestima, de orgullo y de trabajo en equipo. ¿Me acompañáis?

“Había una vez un faro pequeño, gordo y muy rojo. Un faro que se erguía en lo alto de un acantilado frente al río Hudson. Tenía detrás la ciudad de Nueva York, y se sentía enormemente orgulloso ahí arriba. Desde allí, podía ver a toda la gente que iba y venía en barcos por el río Hudson, un río que siempre miraba al mar. Y los barcos saludaban al pasar por delante del faro:

  • Tu, tuuuu… ¿Cómo estás? – le decían los barcos de vapor.
  • Buenos díaaaasssssss- saludaba el velero al pasar.

Y el pequeño faro no contestaba. Se quedaba ahí muy quieto.

Cada atardecer, le visitaba un hombre. Abría la pequeña puerta roja con una llave. Subía la empinada escalera de caracol y encendía el gas, que llegaba desde cinco grandes tanques que había abajo. Entonces, apartaba la funda blanca que le obligaba a dormir por las mañanas y al fin, empezaba a hablar sin parar:

  • ¡Flash, flash, flash!- una luz roja cegadora durante un segundo y dos segundos en tinieblas. – ¡Cuidado, peligro, aléjate!- decía el pequeño faro rojo- ¡Flash, flash, flash!

El faro rojo estaba muy orgulloso de su trabajo. Los barcos también. Gracias a él, navegaban sin riesgo hasta el canal. Y en los días de niebla, el hombre apretaba un engranaje que hacía sonar una campana.

  • Flas, flash, flash… tuuuuuuuu…. ¡cuidado, cuidado!- decía entonces el faro rojo con dos voces a la vez.

El faro rojo estaba cada vez más orgulloso de su trabajo.

  • ¿Qué harían los barcos de este río sin mí?- pensaba con frecuencia.

Pero un día, unos hombres llegaron a su lado, comenzaron a cavar y a cavar y entonces trajeron enormes vigas de hierro. Y desde unos barcos enormes, unos finos cables de metal. Estuvieron trabajando varios días, y al terminar, aquellos hombres bailaron de contentos:

  • ¡Tenemos la primera torre! ¡Ya nos queda menos!- decían entre abrazos.

El faro no sabía qué querían decir. Cada día seguía con su trabajo. Y veía a los hombres con su incansable trabajo. Una torre, y otra, y otra más. Enormes torres de metal que iban cruzando el inmenso río.

  • ¿Qué estarán haciendo?- se preguntaba el faro rojo.

Los hombres fueron uniendo las torres con cemento. ¡Era un puente! ¡Un enorme puente gris atravesaba de parte a parte el río Hudson!

En el extremo de aquel puente más próximo al faro, muy alto, salía una potente luz por las noches, que decía:

  • Flash, flash, flash.

El faro se sintió entonces pequeño, muy pequeño.

  • Ya no me necesitan- pensó con tristeza- me derribarán… ¿Para qué me quieren teniendo este puente con esa luz tan potente?

Esa tarde, el hombre del faro no llegó a su hora. Anocheció y se levantó una espesa capa de niebla sobre el río. Entonces llegó el remolcador. Buscaba la luz roja, y no la veía. Buscaba la luz del puente. Y no la veía.

  • ¡Rápido!- le dijo al faro la luz del puente- ¡Enciende tu luz! ¡El remolcador se va a chocar!
  • ¿Y tu luz? ¡Pensé que ya no me necesitaban!
  • ¡Yo solo estoy para avisar a los aviones, a los barcos del aire! ¡Tú sigues siendo el rey del río! ¡Ilumínate!
  • No puedo- dijo con tristeza el faro- Tiene que hacerlo el hombre. Y no ha venido.

Entonces, el remolcador encalló en las rocas y se rompió su casco. En ese momento llegó el hombre, muy apurado, subiendo de dos en dos los peldaños de la escalera de caracol.

  • ¡Malditos niños!- decía entre dientes- ¡Me robaron las llaves!

Y encendió deprisa la luz del faro.

  • ¡Flash, flash, flash. Un segundo de luz y dos de oscuridad. Tuuuuuuuu. ¡Cuidado, peligro!

El pequeño faro comenzó a hablar. De nuevo, como cada día. Se sentía de nuevo muy orgulloso, aunque algo pequeño al lado del puente gris. Resulta que ambos eran importantes. Los dos igual de importantes”.

¿Sabéis una cosa? La autoestima pasa por reconocer el trabajo de los demás, por ser capaz de valorar lo que el equipo, lo que cada uno, ha contribuido en el resultado final y sentirte parte de ese trabajo, de ese resultado. Sentirse valioso a la vez que sentir que eres capaz de trabajar en equipo, de saber lo que puedes aportar con tus conocimientos, con tu trabajo y de qué manera otros pueden contribuir a que tú también aprendas y a sentirte orgulloso del resultado compartido.

En ocasiones, es difícil encontrar el equilibrio. ¿Verdad? Nos cuesta, muchas veces, admitir que si hemos llegado hasta esa meta no ha sido solo por nuestros propios medios. Y nos sentimos amenazados por el trabajo de los demás. Creemos que quieren hacernos sombras, quitarnos la luz. Pues en esos momentos es cuando hemos de buscar de qué manera el trabajo de los demás puede ser complementario al nuestro. En esos momentos es en los que debemos de abandonar el ‘falso orgullo’ y abrirnos a colaborar para obtener un resultado mucho más completo, más valioso. Y es también, en esos momentos, en los que es importante practicar la autoestima. Sentirnos útiles y reafirmarnos en lo que sabemos hacer bien frente a lo que los demás saben hacer bien. Ser conscientes de nuestras capacidades y desplegar ese orgullo que nos hace sentirnos satisfechos con nuestro trabajo.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo ser capaces de encontrar el equilibrio entre un orgullo y otro? No hay una fórmula mágica, pero como -para todo- hay una serie de comportamientos que nos pueden ayudar:

  1. Evitemos ser irreflexivos. Al contrario, cuando se produzca una situación en la que nos sentimos incómodos, amenazados… estudiemos bien los hechos. Busquemos la manera de aprovechar la nueva situación para mejorar en nuestro día a día. Si es un compañero de trabajo nuevo. Conócelo. Observa en qué es bueno. En qué puede complementar tu trabajo para obtener mejores resultados. Pregúntate, ¿qué puedes aprender de él? Si la amenaza es una competencia. Lo mismo. Estúdiala y mira qué cosas hace bien para incorporarlas a tu día a día; y también, sé generoso, y comparte, si esa persona quiere- aspectos que puedes aportarle.
  2. No perdamos el foco. Si el faro del cuento hubiera tenido claro que su papel era guiar a los barcos y el del puente a los aviones, todo hubiera sido más fácil. Se hubiera ahorrado un buen disgusto, ¿verdad? Pregúntate: ¿Cuál es tu papel? ¿Cuál es tu meta? Cuando lo tengas claro…
  3. ¿Cómo te hablas a ti mismo? Para tener autoestima, para actuar firmemente y no dejarse distraer por pensamientos negativos y destructivos, hay que aprender a hablarse a uno mismo como le hablarías a un amigo en tu misma situación. ¡Seguro que nunca le dirías lo que eres capaz de decirte a ti mismo! ¿Verdad?
  4. Acepta la ayuda cuando te la ofrecen. Ejercita la humildad. No eres menos que nadie por dejarte ayudar cuando lo necesitas. Cuando hay alguien que puede contribuir a que el resultado sea mejor. ¿No te parece? Abandona ese ‘falso orgullo’ del que hemos hablado antes y toma la mano de quien te la tiende.

¿Te animas a practicar el orgullo y la autoestima? ¿Te atreves a pedir ayuda al equipo, a los demás?

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