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¿Conoces tu ‘Ikigai’? ¿Sabes cuál es tu razón de ser?

Esta semana voy a hablaros de ‘Ikigai’, un término japonés que se puede traducir como la razón de vivir, la razón de ser. Dicen que es el secreto de los japoneses para llevar una vida larga y satisfactoria. Y vosotros: ¿Conocéis vuestro ‘Ikigai’? ¿Ya habéis descubierto vuestro propósito en la vida? Aquello que os hace feliz, aquello por lo que vuestra existencia vale la pena…

ikigai

¿Qué cómo encontrarlo? Os propongo que empecéis con una pregunta:

¿Qué es lo que más me gusta hacer?

Me refiero a aquello con lo que se os pasa el tiempo volando, sin daros cuenta y que, al terminar de hacerlo, os sentís satisfechos. Aquello por lo que no dudáis en asumir riesgos. Eso de lo que no paráis de informaros, de leer porque ¡tenéis ansias de conocer todo sobre ello! Eso que, sin daros cuenta, se ha convertido en vuestra razón de ser.

Los japoneses dicen que cuando una persona encuentra su ‘Ikigai’ alcanza una vida plena, disfruta de cada segundo de su vida y vive una vida longeva.

¿Os animáis a buscar vuestro propio ‘Ikigai’?

Para ello, es necesario que os prestéis atención. Muchas veces prestamos mucha atención a lo y a los que nos rodean, pero nos olvidamos de nosotros mismos. Para encontrar nuestro propósito, nuestra razón de ser tenemos que conocernos mucho a nosotros mismos, bucear en nuestro interior y contestarnos a una serie de preguntas:

– ¿Qué me empuja a levantarme cada mañana?

– ¿Con qué actividad me podría pasar horas sin prestar atención a nada más?

– ¿Qué me hace fluir?

– ¿Qué es lo que me mantiene constantemente interesado por aprender?

– (…)

En definitiva…

¿Qué me hace feliz y no escatimo tiempo ni esfuerzo en conseguirlo?

Cuando lo hayáis encontrado, cuando lo tengáis perfectamente definido seréis de las personas afortunadas que conozcan aquello por lo que merece la pena vivir cada día, su propósito, su razón de existir. Entonces ha llegado el momento de que lo situéis en el centro de vuestra vida para disfrutar de una existencia apasionada y satisfactoria.

Para complementar este post se me ha ocurrido traeros el cuento ‘El sueño de la oruga’:

“Cuentan que un pequeño gusanito caminaba un dí­a en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba un saltamontes:

-¿Hacia dónde te diriges?, le preguntó.

Sin dejar de caminar, la oruga contestó:

– Tuve un sueño anoche; soñé que desde la punta de la gran montaña miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendido, el saltamontes dijo, mientras su amigo se alejaba:

– ¡Debes estar loco! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar?

– ¡Tú, una simple oruga!. Una piedra será para ti una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable. Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse.

La oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centí­metros. Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron al pequeño gusanito desistir de su sueño

-¡No lo lograrás jamás! – le dijeron -,

Pero a pesar de las palabras de desánimo, en el interior de la oruga habí­a un impulso que la obligaba a seguir.

Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar:

– Estaré mejor, fue lo último que dijo, y murió.

Todos los animales del valle por días fueron a mirar sus restos. Ahí­ estaba el animal más loco del pueblo.

Había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió “por querer realizar un sueño irrealizable”.

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se habí­a convertido en una advertencia para todos los atrevidos que pretendieran llevar a cabo sus sueños. ¡De pronto, quedaron atónitos! Aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podí­a ser la de la oruga que creían muerta. Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas con las tonalidades del arco iris de aquel impresionante ser que tení­an frente a ellos: una preciosa mariposa.

No hubo nada que decir, todos sabían lo que harí­a. Se iría volando hasta la gran montaña y realizarí­a un sueño; el sueño por el que habí­a vivido, por el que habí­a muerto y por el que habí­a vuelto a vivir.

Todos se habían equivocado…” 

¿Os habéis dado cuenta? La oruga conocía su ‘Ikigai’, sabí­a desde el principio su razón de ser, su razón de vivir, conocí­a por qué caminar cada dí­a más allá de lo que todos consideraban que era su lí­mite.

Y tú, ¿te atreves a buscar tu ‘Ikigai’? Y si ya lo conoces, ¿te atreves a situarlo en el centro de tu vida?

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