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Ánimo ¿Y si aprovechamos los tropiezos para impulsarnos?

Ánimo

Ánimo. ¿Qué os parece si esta semana reflexionamos acerca de la necesidad de darnos ánimo? A nosotros mismos, cada día, y a los que nos rodean, cuando lo necesiten. Y aunque a veces es complicado, ¿no creéis que es la mejor opción entre las dos existentes? Darnos ánimo para seguir, o quedarnos parados y resignados esperando.

Para ayudar en esta reflexión, comparto con vosotros el relato ‘Un tropiezo’, que, aunque es anónimo, leí por primera vez en Cuentos Rodados.

“El Sol ardía en el algodonal. Eran pleno verano y Ciriaco se había levantado muy temprano a fin de aprovechar el fresco de la mañana para realizar los últimos trabajos en el pequeño algodonal que tenía en un claro del monte, como a siete manzanas de la casa. Comenzaban ya a preñarse los capullos tratando de reventar en una mano abierta que regalaba la blanca fibra.

 

Serían cerca de las once de la mañana. Estaba con la azada en la mano desde las cinco, y ahora el cansancio invadía todo su cuerpo y el sudor lo deshidrataba dejándole huellas de sal al secarse. Tenía sed y esperaba llegar cuanto antes a su casa para refrescarse bajo el chorro de agua de la bomba y beber después despacio y a sorbos lentos. Conocía los peligros del agua fresca para el que la bebe con ansia y con el cuerpo recalentado por las faenas del campo.

 

Decidió acortar el camino. En lugar de hacerlo por la senda que bordeaba un rastrojo viejo lleno de malezas, decidió acortar por entre la maleza alta y la espesura. Con la azada al hombro, y arrastrando a medias sus viejas alpargatas, trataba de avanzar entre arbustos y malezas. Iba distraído de lo que hacía y concentrado en lo que le esperaba. Ni siquiera se dio cuenta de que sus pies habían tropezado contra un gran bulto que estaba escondido entre el pastizal.

 

No hubo manera de evitar la caída. Instintivamente arrojó a un lado la azada, para no lastimarse con ella, y dejó que el cuerpo cayera lo más suave posible, para evitar fracturas. Se dio un tremendo golpe que apenas si lograron mitigar las ramas del arbusto que lo recibió, junto con algunos rosales traicioneros. De su fuero interno, le brotó la necesidad de desahogarse con una maldición. ¡Lo que le faltaba al día!

 

Pero se contuvo. Si había tropezado, ¿con qué sería? ¿Y si aquello fuera una sandía? Se puso de pie, y recogiendo la azada, fue despejando el lugar donde terminaban las huellas de sus pisadas y comenzaba la de su cuerpo. Y efectivamente, allí entre la arboleda y los matorrales encontró una hermosa sandía. Pesaba como veinte kilos. Seguramente alguna semilla de la cosecha anterior había germinado entre el rastrojo, y ahora le ofrecía su fruto de la única manera que tenía: poniéndoselo delante de sus pies.

 

A pesar del cansancio, del calor, y de su cuerpo dolorido por la caída, cargó con cariño la sandía sobre sus hombros y con cuidado completó la distancia que lo separaba de su casa. Y mientras saboreaba la sorpresa que daría al llegar, se iba diciendo a sí mismo:

 

  • ¡No hay tropiezo que no tenga su parte aprovechable!”

 

Tropezar. Caer. Levantarse. Seguir. En eso consiste la vida, ¿verdad? Pero ¿Y si aprovechamos los tropiezos para darnos impulso? ¿Cómo?

 

  • Buscando el porqué hemos tropezado. De esta forma, la próxima vez estaremos más preparados y podremos encontrar la manera de no caer buscando un camino más seguro. Tendremos herramientas para elegir la opción más adecuada.

 

  • Si el tropiezo es inevitable. ¿Cómo me he vuelto a levantar y qué he aprendido? En este caso, no puedo evitar referirme a la crisis del COVID19. Se trataría de un tropiezo de este tipo, de los inevitables. Para muchas personas ha sido especialmente difícil y de consecuencias incalculables. Pero la gran mayoría de nosotros podemos considerarnos privilegiados a pesar de la situación que hemos vivido. A vosotros, os planteo la siguiente pregunta: ¿Qué puedo aprovechar de este tropiezo? ¿Te lo has preguntado? ¡Seguro que encuentras alguna cosa! Te animo a reflexionar acerca de ello. ¿Has tenido más tiempo para estar con tu familia? ¿Has encontrado nuevas maneras de desarrollar tu trabajo que puedes incorporar en tu día a día? ¿Has aprovechado para formarte? ¿Has comprobado lo agradecidos que hemos de estar cada día con nuestra ‘normalidad’? ¿Cuál ha sido tu ‘sandia jugosa’…?

 

Mirad. Para mantener el ánimo y ser capaz de contagiar ese ánimo a los que nos rodean es importante que tengamos claro un objetivo, una meta y que, cada día, celebremos esos pequeños pasos que nos llevan hacia ella. De esta forma, mantenemos el entusiasmo que nos impulsa a seguir avanzando. Y ese entusiasmo se refleja en nuestro comportamiento, en nuestro rostro, en nuestro día a día. ¡Y así es como adquirimos la capacidad de transmitir ánimo a los que nos rodean!

 

¿Por qué no hacéis la prueba?

 

Marquémonos una meta (ya sabéis lo que os recuerdo siempre, una meta ambiciosa, pero alcanzable). Tracemos un plan de acción que incluya pequeños planes, pequeñas metas que podamos celebrar mientras caminamos hacia ese ideal. Felicitémonos por cada paso que demos, por cada pequeña meta que alcancemos… ¡porque estamos más cerca del objetivo, pero sobre todo porque hemos sido capaces de dar ese paso que tanto nos costaba!

 

Cuando mantenemos el ánimo. Cuando somos capaces de felicitarnos y de sentirnos orgullosos y satisfechos con lo que ya hemos logrado, incluso las situaciones más complicadas pueden parecernos un poco más sencillas. Pero, además, con esta actitud también hacemos más fácil la vida de los que nos rodean. La de nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, jefes… Somos capaces de darles ánimo a ellos también…

 

Esta semana os lanzo este reto ¿Os atrevéis a aprovechar los tropiezos para impulsaros?

 

 

 

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