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La fuerza de las palabras. ¿Eres consciente de ella?

La fuerza de las palabras

La fuerza de las palabras. ¿Reflexionamos sobre ella? ¿Sobre lo que deseamos y como lo verbalizamos? ¿Sobre lo que vale o no vale la pena decir?

Os animo a reflexionar acerca de ello, a pensar en cómo influyen nuestras palabras en nosotros mismos y en nuestro entorno. Y más aún en un momento en el que tenemos capacidad para hacer público ante un montón de personas nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras opiniones… ¿No creéis que vale la pena pensar un poco sobre nuestras palabras y gestos? ¿No pensáis que hay que observar la fuerza de las palabras?

He escogido un cuento para desarrollar esta reflexión que me parece bueno recordar cada vez que nos aventuramos a opinar sobre algo o a hablar sobre una tercera persona. Se titula ‘Las tres rejas’ y es de autor anónimo.

“Un joven discípulo de un filósofo sabio llegó una tarde muy presuroso a casa de éste. Con mucho nerviosismo le dijo:

  • Querido maestro tengo una cosa muy importante que decirte. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia….
  • ¡Espera!, lo interrumpió el filósofo, ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
  • ¿Las tres rejas?, preguntó sorprendido el joven discípulo.
  • Sí, amigo. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
  • No puedo estar seguro, admitió el joven, y se lo oí comentar a unos vecinos.
  • Al menos, lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?, se aventuró el maestro.
  • No, en realidad no. Yo diría que más bien al contrario…, apuntó el joven.
  • ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
  • A decir verdad, no, reconoció.
  • Entonces, dijo el sabio sonriendo, si no sabemos si es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido. ¿No te parece?

El joven, que había escuchado con atención el razonamiento del maestro, asintió comprendiendo que antes de dar por cierto cualquier cosa, antes de dar pábulo a cualquier comentario es necesario tener la certeza de que lo vas a decir importa, es cierto y puede contribuir al bien de los demás. Porque si no es así, vale la pena olvidarlo.”

¡Una magnífica lección! ¿No creéis? Este cuento tiene que ver con lo que nos decía Sócrates y los tres filtros que debería pasar cualquier comentario que hiciéramos…  ¡Cuánta fuerza tienen unas pocas palabras! ¡Cuánto bien y cuanto mal pueden hacer en un momento concreto! Y ¡qué importante es saber qué decir, cómo decirlo, a quién decirlo y en qué momento! Por eso, creo que es muy importante abandonar las prisas, el estrés y pasar nuestras opiniones, nuestras palabras, por esas tres rejas.

¿Cuántas veces os han hecho daño diciendo alguna cosa que, después, ha resultado no ser cierta?

Hace un par de semanas reflexionábamos acerca de la comunicación efectiva, la que nos permite hacer saber a los demás quiénes somos.

Esta semana me permito ahondar un poco más en nuestro interior. Porque para saber valorar bien lo que decimos o no decimos a los demás hay que enlazar con el optimismo inteligente, ese pensamiento que nos permite valorar lo bueno de cada situación, que nos permite coger las enseñanzas del pasado, valorar el presente y trabajar hacia un futuro ilusionante. ¿Creéis que un optimista inteligente dedicaría parte de su tiempo a lanzar opiniones que pueden provocar malestar en los demás, pero ninguna enseñanza, que no aportan nada? ¡Creo firmemente que no!

El otro día leí una carta que un hombre de 89 años dirigía a la directora de El País y decía lo siguiente:

“Cumplo 90 años dentro de cinco meses. Un disparate. En cualquier momento va a volcar mi carromato. No sabría decir qué me llevará a la tumba. Me sospecho que el marcapasos. ¿Para qué molestarles contándolo? Porque la vida ha sido muy bella. He cogido la costumbre de dormirme poniéndome con el recuerdo en una situación agradable de mi pasado. Y así regocijarme de nuevo. Y casi no sé cuál escoger de tantas como tengo. Si todo ha sido tan genial, me da un pálpito de que tiene que seguir en la misma línea. No sé cómo, pero estoy como muy seguro de que será genial”

El periódico la titulaba, ‘La vida ha sido muy bella’. ¿Qué por qué la reproduzco aquí?

En primer lugar, porque soy de la opinión de que este hombre es un verdadero optimista inteligente. Porque cada noche elige un recuerdo agradable de su vida para dormirse feliz. ¿Creéis que no habrá pasado por malos momentos? ¡Seguro! Habrá aprendido de ellos o los habrá gestionado de la mejor manera que sabía o podía. Pero no gasta ni un segundo más en recordarlos ¿Para qué? ¿Qué le aportaría a su felicidad hacerlo?

En segundo lugar, porque es un ejemplo de generosidad. ¡Sí! En un momento complicado ha decidido aportar al mundo, a todas las personas que lean esta carta, un chute de energía positiva, palabras bellas que contribuyen a que la vida sea bella.

Y, en tercer lugar, por la fuerza de su texto. En muy pocas palabras es capaz de aportar una enseñanza enorme a todas las personas que hemos tenido la suerte de leerlas. ¡La vida es bella, señores! ¿A qué esperan para darse cuenta y vivirla?

Me parece fantástico que existan personas así que, a sus casi 90 años, nos enseñen a utilizar ese filtro de las tres rejas porque son conscientes de la fuerza de las palabras:

  • Comprobar la veracidad de lo que vamos a decir.
  • Saber que es una aportación necesaria.
  • Conocer si saberlo es bueno, si va a contribuir a mejorar la vida de la persona a la que se lo vamos a decir.

¿Qué os parece si empezamos a tomar consciencia de la fuerza de las palabras? ¿Os atrevéis a utilizar el filtro de las tres rejas?

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