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Satisfacción… ¿Qué necesitas para alcanzarla?

Satisfacción

Satisfacción. ¿Qué necesitas para sentirte satisfecho? ¿Cuál es esa meta que, de conquistarla, te llenaría de satisfacción?

Hoy quiero traeros una fábula de Esopo acerca de la satisfacción. Porque en vuestro caso, ¿qué pesa más para sentiros verdaderamente plenos? ¿Las riquezas materiales o las espirituales

“Había una vez un hombre tan avaro, que su mayor ilusión en la vida era tener riqueza para sentirse una persona importante. Un día decidió vender todo lo que tenía; metió en un gran saco todas sus pertenencias y se fue a la ciudad montado en su fiel burrito. Al llegar, lo cambió todo por un resplandeciente lingote de oro ¡Ni siquiera sintió pena por deshacerse del burro, al que tanto quería! Lo importante para él, era ser rico de verdad.

Regresó a pie al tiempo que iba pensando en qué lugar escondería su valioso tesoro. Tenía que ponerlo a salvo de posibles ladrones. En su hogar ya casi no tenía bienes porque había vendido prácticamente todo, pero le daba igual… ¡Ese lingote merecía la pena!

Buscó concienzudamente un sitio adecuado y al final, en el jardín que rodeaba la casa, encontró un agujero oculto tras una piedra.

– ¡Es el sitio perfecto para esconder el lingote de oro! – pensó mientras lo envolvía cuidadosamente en un paño de algodón y lo metía en el hueco.

Aunque creía que nadie descubriría su secreto, no podía evitar estar intranquilo. Dormía mal por las noches y cada día, con los primeros rayos de sol, salía al jardín y levantaba la piedra para comprobar que la pieza de oro seguía en su lugar. Satisfecho, continuaba con sus tareas diarias. Durante meses, actuó de la misma manera cada mañana: se levantaba e iba directo al agujero camuflado tras la roca.

Un vecino que solía pasear por allí a esas horas veía cómo todos los días el avaro levantaba una piedra del jardín y luego se marchaba. Intrigado, decidió investigar qué era eso que tanto miraba. Con mucho sigilo se acercó a la roca y para su sorpresa, descubrió un reluciente lingote de oro del tamaño de una pastilla de jabón.  Rápidamente se metió el botín en un bolsillo y desapareció sin que nadie le viera.

Cuando el avaro fue la mañana siguiente a ver su tesoro, el hueco estaba vacío.

– Oh, no… ¡Me han robado! ¡Me han robado! ¡Ya no soy un hombre rico! – se lamentaba – ¿Qué va a ser de mí?…

Un campesino que oyó su llanto se acercó y le preguntó el motivo de su tristeza. Abatido le contó la historia. El campesino no pudo evitar decirle lo que pensaba.

– Te desprendiste de cosas que eran útiles para ti y las cambiaste por un lingote de oro inservible, tan sólo por el placer de contemplarlo y sentirte rico y poderoso. Coge ese pedrusco gris que está junto a tus pies, colócalo en el agujero y piensa que es un trozo de oro. Total, te va a servir para lo mismo, es decir… ¡para nada!

El avaro admitió que se había equivocado. Ahora era más pobre que nunca, pero al menos aprendió de su error y comenzó a apreciar las cosas importantes de la vida”.

En esta fábula es muy evidente que la acumulación de riqueza no había proporcionado la satisfacción que ansiaba al campesino ¿verdad? Había renunciado a muchas cosas, de verdad valiosas en su vida, por tener ese lingote de oro. Pero lo único que obtuvo fue una dependencia hacia éste, vigilarlo, mirarlo…¡Y al final perderlo todo!

Quiero que me acompañéis en esta reflexión sobre la verdadera satisfacción. ¿Qué nos produce una satisfacción auténtica?

Recordemos los momentos, esos momentos, en los que nos hemos sentido plenos. ¿Alguno de ellos ha tenido que ver con la acumulación de bienes materiales? Y si es así, ¿ha sido por la acumulación o por el esfuerzo que hemos realizado hasta alcanzar, por ejemplo, tener esa casa deseada en la que formar un hogar, abrir ese negocio para el que nos hemos estado preparando, o realizar ese viaje que tanto hemos soñado?

¿Os dais cuenta? Generalmente, lo que verdaderamente nos ha dado satisfacción ha sido el hecho de formar un hogar y darles a los nuestros lo mejor, tener una forma de ganarnos la vida para la que nos hemos preparado o culminar una época de esfuerzo regalándonos ese viaje en el que conocer nuevas culturas, nuevas experiencias…

La satisfacción plena siempre es la que va acompañada de esos sentimientos de amor, amistad, solidaridad, esfuerzo, trabajo, generosidad… Os animo a fijaros en la cara de alguno de nuestros tenistas: Rafa Nadal o Carlos Alcaraz, cuando ganan ese torneo por el que tanto han luchado. ¿Creéis que la satisfacción es por el simple hecho del premio material? ¡Podría asegurar que no! Es la culminación de un esfuerzo, la victoria de la voluntad, la recompensa a horas y años de entrenamiento duro, la satisfacción del deber cumplido. Ésta última es para mí, de verdad, la que me llena de plenitud. ¿Y a vosotros?

No dudéis en que, para sentirnos satisfechos, más allá del placer inmediato que nos proporciona lo material, hemos de ir más allá. Hemos de tener claros nuestros valores y defenderlos, siempre, en cada una de nuestras parcelas: en la profesional y en la personal. Porque ¿hay algo mejor que el orgullo de un trabajo bien hecho o el placer de haber ayudado a un amigo o el sentimiento de victoria al ver a tus hijos realizando sus sueños?

Y para ti, ¿cuál es la verdadera satisfacción? ¿Qué necesitas para alcanzarla?

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